Ayer llegué a casa y no había Internet. Para matar el tiempo libre, hice este video sobre algunos de los libros que tengo en mi biblioteca y que uso para traducir. Seguramente ustedes tendrán algunos de ellos. Si desean ver o fotocopiar algunos de los que muestro, pueden contactarme.
Mis libros
martes, 3 de junio de 2014
Ayer llegué a casa y no había Internet. Para matar el tiempo libre, hice este video sobre algunos de los libros que tengo en mi biblioteca y que uso para traducir. Seguramente ustedes tendrán algunos de ellos. Si desean ver o fotocopiar algunos de los que muestro, pueden contactarme.
Sobre la argumentación y las falacias
domingo, 1 de junio de 2014
Recomiendo la lectura de ¿Se puede cosechar una derrota?, de Ramón Alemán… un artículo que tiene la estructura exacta de un texto argumentativo.
¿Recuerdan algunas falacias que han dicho o les han dicho? Pongan ejemplos.
Estudios de Traducción... ¿Una pérdida de tiempo para el traductor?
sábado, 24 de mayo de 2014
Esta
investigación académica es objeto a menudo de fuertes ataques (véase, por
ejemplo, Danaher, 1992), en parte quizá porque los traductores e intérpretes
consideran que es poco fructífera, y que su producción no es relevante o útil
para la traducción e interpretación. Esta postura se ha mantenido durante años,
véase, por ejemplo, Van Leuven Zwaart (1989); Chesterman
and Wagner (2002) y puede deberse en parte al resentimiento contra lo que ellos
consideran una actitud individualista de algunas personalidades del mundo de
los ET (estudios de traducción) [Traducción nuestra] (Gile, s.f.).[1]
Al momento de traducir el texto, me
encontraba haciendo mi tesis de grado, y empecé a preguntarme sobre cuáles eran
los beneficios que iba a traer mi investigación al campo de la traducción,
además del posible aporte, aunque mínimo, al área de la traductología. No iba a enseñar a
traducir con el estudio que estaba haciendo, pero no por eso —pensaba— dejaba
de resultar importante...
Durante mucho tiempo la pregunta me
persiguió y llegué a recibir una crítica algo dura de un profesor, que me dijo
tajantemente: “Tú no harás ningún aporte. Decir eso es muy ambicioso. No escribas
la palabra aporte en tu justificación”.
Le hice caso: la cambié por contribución. ¡Ja! De hecho, cuando se lo comenté a los profesores de la Cátedra de Lengua y
Literatura, todos estuvieron de acuerdo —lo que fue de gran alivio— en
que el trabajo sí iba a representar un aporte…
—Bueno,
Leidy, entonces escribe contribución —me dijo uno de los profes con picardía.
—¡Lo
hice!
—Pues,
bien hecho... —y así, de buen humor, ese día cerramos el
capítulo del aporte...
Con
el trabajo terminado, entregado y evaluado satisfactoriamente —y más allá de
los resultados de la investigación que, de acuerdo con el veredicto, fueron
considerados, textualmente, un aporte—
puedo hablar de lo que significó adentrarme en el apasionante campo de los
Estudios de Traducción, para mí, la mayor enseñanza que me dejó la tesis de grado:
me acerqué a la figura del traductor como investigador, supe apreciar las
teorías y el trabajo de muchos académicos de la traducción, apasionados por las
culturas y las lenguas... Desde luego, esa pasión se contagia: estudiar de
cerca un fenómeno cultural y notar el papel casi divino del traductor (que decide, crea,
moldea, cambia…) hace que uno termine admirando aún más su labor,
entregándose con mayor responsabilidad, cordura y seriedad a esa magnífica actividad
de la traducción.
La teoría de los polisistemas me llevó
a concluir —como ya lo habían hecho antes que yo investigadores como Yufen Tai
y Patricia Hernández— que los traductores somos los responsables de hacer
universal la literatura nacional, de moldear conceptos y crear términos nuevos
en una cultura, de redirigir con nuestro trabajo la literatura de una cultura
y, por lo tanto, a esa misma cultura. ¡Tamaña responsabilidad!
No fue la mía —como no lo han sido
muchísimas otras— una investigación “individualista”: reflexionar en la
traducción, en la trascendencia de nuestro trabajo, nos hace comprometernos y
madurar como profesionales; ello tiene indiscutiblemente un efecto en la práctica, pues traducir
siendo conscientes de ese enorme compromiso resulta, sin duda, valioso para
cualquier estudiante y profesional del área. En mi caso fue así... No pretendo, pues, acaparar pasión; espero poder seguir transmitiéndosela a estudiantes, colegas y amigos de la profesión.
Leidy Jiménez
[1] Original en inglés: Such academic research often
comes under heavy attacks (see for example Danaher, 1992), perhaps partly
because translators and interpreters consider that it often amounts to much ado
about nothing and that its production is not relevant or useful to the
Translation professions. This view has persisted over the years; see for
instance van Leuven Zwaart, 1989; Chesterman and Wagner, 2002. The hostility
may be partly due to resentment against what they perceive as self-importance
in some personalities from the world of TS (Translation Studies).
Texto citado:
Gile, D. (s.f.). What can practitioners expect from research
into translation and interpreting? ESIT, Université Paris 3 Sorbonne Nouvelle [Transcripción
de conferencia no publicada].
Estudios de traducción: James Holmes
sábado, 3 de mayo de 2014
Brevísima información sobre la figura de
James Holmes, el primer académico de la traducción con el que empezaremos esta serie.
VILLANUEVA, I. (s.f.) A través del esquema de James Holmes. [Documento en línea] Disponible: http://es.scribd.com/doc/94142022/A-traves-del-esquema-de-James-S-Holmes [Consulta: 3 de mayo de 2014].
Después de leer ese artículo, tendrán claro el inicio de los Estudios de Traducción y la importancia del pensamiento de Holmes.
También les puede interesar, en este mismo blog, una entrada más completa sobre el padre de los ET: Estudiantes de Traducción hablan sobre James Holmes.
¡Que disfruten del video!
Defensa del "fino"
martes, 1 de abril de 2014
Dile no al aborto de los neologismos finos
Defensa del fino
Leidy Jiménez
Preámbulo
Palabras… Unas ya
se van al cielo a reencontrarse con su creador, después de una larga vida; otras comienzan a desarrollarse en un
entorno que les ofrece un futuro incierto: quizá dentro de un tiempo no signifiquen
lo mismo para la gente, quizá desaparezcan, sin más, para dar paso a otras más
bellas o menos bellas, y hasta “malsonantes”, dependerá del que las perciba;
posiblemente alguna extranjera, violadora de la soberanía de la lengua, se
atreva a “usurpar” un lugar; y puede que otras se hagan famosas, queridas, con
decenas de acepciones, indispensables para cualquier hablante. En fin, empiezan
una vida, y con suerte no se quedarán en el camino, como algunas a las que, a
pesar de ser esperadas por sus usuarios, no se les permite ver su primera luz y
son abortadas, y negados sus derechos de existencia legal en el lenguaje. A
muchas, sin embargo, sólo se les frustra su aparición por cierto tiempo, hasta
que la Real Academia Española decide que es tiempo de ceder y de abrirles paso
a estos nuevos vocablos —neologismos— en su Libro de la Vida: el Diccionario.
Desde luego, cuando
hablamos de neologismos nos referimos también a las acepciones o giros nuevos
en la lengua (RAE, 2001). Así que
he aquí un neologismo que defender de los lingüistas verdugos con su bandera de
purismo; uno usado por los niños, adultos y mayores: fino; claro está, no como lo conoce el resto del mundo, sino como
lo conocemos los venezolanos.
El fino criollo
El nacimiento, en
primer lugar, de la expresión ¡Qué fino!
dentro del habla popular venezolana se dio hace pocas décadas. Según Alexis
Márquez, académico venezolano de la lengua, esta expresión “tuvo fuerza en los
ochenta pero siguió siendo usada en la década siguiente y también en este
milenio” (citado en Blanco, 2006). Esta frase puede equivaler a decir ¡Qué bien!, ¡Qué bueno!... Asimismo, los
venezolanos tenemos la palabra fino
como adjetivo. ¿Quién no ha oído expresiones como Esa canción es bien fina o Te
queda fina esa camisa?; típico en el habla cotidiana del venezolano. Son
frases que denotan que algo es bueno, magnífico, excelente...
Pero ¿se estará
haciendo un uso incorrecto de la palabra? ¿Es una acepción “mal empleada”,
“ilegal”? ¿Es un claro anglicismo del cual todo aquel profesional o estudiante
de la lengua que lo use debería sentirse avergonzado? A todas estas preguntas,
algunos puristas estudiosos de la lengua responderían un sí rotundo, que
obligaría a los usuarios de ese significado —o quizá solo a aquellos que dicen
tener un interés académico por la lengua española— a bajar la cabeza turbados, abochornados
y negando, por su bien, cualquier relación con la desventurada acepción.
Pues bien,
echemos un vistazo más de cerca a nuestro fino
y sus orígenes, con el fin de establecer qué tan acertada es la crítica de los
puristas.
¿Anglicismo o evolución natural?
Examinemos algunas de las acepciones de la palabra fino según el Diccionario de la Real Academia Española (2001).
Ahora veamos qué nos
dice el Oxford Dictionary of Current English (2001), de la palabra fine,
aquella que supuestamente habría sufrido calco por parte de los venezolanos que usan
fino queriendo decir bien.
1. adj. of very high quality.
2. adj. satisfactory.
3. adj. in good health and feeling well.
4. adj. (of the weather) bright and clear.
5. adj. (of a thread, stand, or hair) thin.
Parece que hay cierta
coincidencia. ¡La primera acepción es similar en ambos idiomas!
Y etimológicamente
hablando, ¿qué se puede decir de estas dos grafías? Joan Corominas (1997) en su
Breve diccionario etimológico de la lengua castellana recoge lo siguiente:
fino, princ. SXIII. Adjetivo común a las varias lenguas romances
desarrollado por ellas a base del sustantivo fin en el sentido de “lo sumo, lo perfecto”, y después “sutil”,
etc.
A su vez, el Online Etymology Dictionary nos muestra:
fine (adj): c.1300, from O.Fr. fin "perfected, of highest quality," from L. finis "end, limit" (see finish); hence "acme, peak, height," as in finis boni "the highest good."
En resumen:
fino (siglo XIII) > fin (español)
> latín finis
fine (siglo XIV) > fin (francés)
> latín finis
Ambas proceden de la
palabra fin con la misma raíz latina. Ambas en sus respectivas comunidades
lingüísticas “luchan” por la supervivencia, como diría Charles Darwin, y
“luchan” por abrirse caminos, por desarrollarse, esto es, evolución lingüística. Es decir, sin tanta retórica: el ciudadano
común y corriente las usa, a su modo, y estas pueden perder o no su significado
original, pueden desaparecer o pueden adquirir otros significados, que tengan
que ver, o no, con los ya existentes.
Un ejemplo es lo que
ha pasado en español con el sustantivo fin,
de donde viene nuestro defendido fino.
Pedro Felipe Monlau (1856), en su Diccionario
etimológico de la lengua castellana, escribe:
—Es prodigioso el número
de acepciones que por traslación y semejanza ha ido recibiendo esta voz [fin]; según puede verse por los
siguientes:
D. y C. —afinar, afine, afinidad, etc., confín,
confinar, etc., desafinar, definición,
definir, definitivo, etc., entrefino, final, financiero (como se empeñan
algunos en decir, tomándolo del francés, sin ocurrírseles hacendístico o rentístico,
que fueran más propios para lo que se trata de expresar), fineza, finiquito, finito, fino, finura, infinidad, infinitesimal,
infinitivo, refinar, superfino, etc. (1856, p. 278)
A primera vista
podemos decir que financiero, por
ejemplo, no tiene nada que ver con fin,
y menos con fino. Ni afinar con definición... Sin embargo, estos vocablos y sus acepciones
nacieron, y al mismo tiempo quizá fueron considerados incoherentes, o meros
calcos (como es el caso del pobre financiero
juzgado por Monlau en el texto citado), pero gracias al tiempo, y al uso
que le dio el hablante, ahora viven en nuestra lengua tranquilamente.
Así que las palabras
evolucionan en la dirección que la gente decida. Fino y fine lo hicieron y
lo siguen haciendo. Fine, por un
lado, tomó unas acepciones que la hacen ciertamente popular y muy usada. Por
ejemplo, en inglés se pregunta: How are
you? y se puede contestar: Everything’s
fine, Todo bien (o todo fino). No parece muy descabellado
este significado, tiene cierta relación con las otras acepciones, seguramente
más antiguas, y se entiende de dónde vino, hay lógica.
¿Y qué pasa en
español? ¿Somos unos “copiones” los venezolanos? ¿Por qué nuestra naturaleza de
hablantes no nos podría llevar a crear una misma acepción que surgió en otro
idioma, bajo condiciones casi idénticas, cuando los significados ya existentes
están tan cerca?
Hay en español
otra cuestión muy curiosa acerca de la palabra fino: existe la expresión cosa
fina, cuyo país o lugar de uso no especifica la Academia, es decir, es
probable que sea usado en muchos países de Hispanoamérica, y cuyo significado
es: “f. U. para expresar que algo o alguien es
excelente”. Y he aquí el ejemplo que da para esta entrada The Free Dictionary: esta tele es cosa fina, tiene más de 50
canales. Esta expresión es más antigua, si se tiene en cuenta
que ya la introduce la Real Academia Española al Diccionario, y nuestro
“criollismo”, de los años 80, no corre con la misma suerte.
Ahora bien, la
primera persona que dijo ¡Qué fino! o
fino en Venezuela, queriendo
significar bien o excelente, ¿estaría
pensando en inglés? Ciertamente es más fácil pensar en las acepciones ya
existentes en español que llevan más rápida y lógicamente a lo que se quiere
expresar. Sería exagerado hablar de calco de expresiones, o acepciones, cuando
ya las tenemos en casa.
Condiciones para crear neologismos
¿Cómo podríamos,
entonces, justificar la entrada “legal” de esta acepción de fino en nuestro vocabulario y una
posible entrada en el Diccionario? ¿Será un neologismo con todos sus
“documentos” en orden?
El ortógrafo y
lexicógrafo José Martínez de Sousa (2003) presenta en su Diccionario de redacción y estilo una serie de consideraciones que
se deben tomar en cuenta para la creación de neologismos. En primera instancia,
pregunta:
El significado que queremos dar al neologismo, ¿está ya
representado por una palabra o frase?
El significado
exacto y preciso de la palabra fino
no está representado por un vocablo en particular, sino que existen numerosos
sinónimos que se acercan a su significado. Fino
puede tener, como bien sabemos los venezolanos, varias connotaciones según el
contexto y, por ende, “sinónimos diversos” (aunque no tan alejados). Por
ejemplo:
Qué fino está este libro (interesante).
Qué fino está este suéter (bello).
No es un caso
raro ni único el de nuestro defendido. En realidad, este hecho resulta común en
nuestra lengua. Veamos lo que sucede con la palabra hombre (quinta acepción del DRAE:
Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como
el valor y la firmeza).
Dijo la verdad sin temor, ese sí es un hombre (es
valiente).
Levantó 200 kilos, ese sí es un hombre (es
fuerte).
O el caso del adjetivo bueno (tercera acepción: Gustoso, apetecible, agradable, divertido).
O el caso del adjetivo bueno (tercera acepción: Gustoso, apetecible, agradable, divertido).
La sopa está
buena (sabrosa).
La película
está buena (divertida).
También fino es uno de esos vocablos que
expresan un conjunto de cualidades, atributos, que tiene un objeto, cosa
material o inmaterial (excelente, hermoso, interesante, divertido, entre
otros).
La siguiente
pregunta que debemos respondernos antes de crear neologismos según Martínez de
Sousa es:
Si existe esa palabra o frase, ¿qué novedad o ventaja aporta el
nuevo en relación con el existente?
Es una palabra
corta, suave, es decir, resulta cómoda y práctica para el hablante; esto,
aunado a su significado genérico, representa una de las razones por las que la
gente prefiere usar fino en su habla
cotidiana a usar una más “rebuscada” como conspicuo,
por ejemplo.
Por consiguiente,
y como otra ventaja, su sentido es altamente conocido y popular; de esta
manera, el proceso comunicativo es más eficaz y con menos posibilidades de
presentar obstáculos que lo interrumpan.
Está de más decir
que fino tiene una ascendencia
“noble”, puesto que viene del latín, y que no se trata de una creación o
adaptación léxica a nuestra lengua, producto de alguna preferencia de uso
extranjera.
En
consecuencia, fino cumple con los
requisitos para pasar “de manera oficial” a formar parte de nuestra lengua.
Consideraciones finales
Después de haber
visto las líneas etimológicas de las palabras fino y fine, podemos
decir que no existen evidencias para pensar que el fino de los venezolanos es un anglicismo. En primer lugar, son
palabras cuyos significados han tenido desarrollos similares, y cuyos usuarios
han considerado prácticos y han convenido usar, paralela y casualmente, de la
misma manera en inglés y en español. En virtud de ello, la acepción criolla de fino no está mal empleada: tiene lógica,
ya que no se aleja demasiado del significado que brinda el diccionario de la
RAE.
¿Qué debemos
hacer entonces? Usarla. Usar esa acepción de fino, qué fino, más fino y demás, porque es el hablante,
el pueblo, quien hace la lengua (como diría Ángel Rosenblat), no los puristas
ni los gramáticos. Las lenguas son dinámicas, siempre cambian, se mueven y esto
es constancia de su vitalidad. Por consiguiente, no se debe temer a hablar ni se
debe evitar usar las palabras, sobre todo aquellas que describen nuestra
realidad casi tan fielmente que son difíciles de reemplazar.
No seamos “herméticos” a estos neologismos
finos y sigamos construyendo la lengua, sin temor a los puristas, pues,
como diría Martínez de Sousa (2001):
La lengua
es anterior a los puristas e independiente de ellos, de modo que estos pueden
quedarse con una fracción del lenguaje y hacerlo suyo, manejarlo a su modo.
Pero no pueden hacer lo mismo con el lenguaje, que seguirá el rumbo que le
marque su propia tendencia evolutiva.
Obras
citadas
Blanco, P.
(2006). Chévere cambur. Estampas.
[Artículo en línea]. Disponible:
http://www.eluniversal.com/estampas/anteriores/170906/encuentros3.shtml
Corominas, J.
(1997) Breve diccionario etimológico de
la lengua castellana. Tercera edición. Madrid: Gredos.
Martínez de Sousa, J.
(2001). Purismo y Casticismo. [Artículo
en línea]. Disponible: http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/mayo_01/30052001_03.htm
Martínez de Sousa, J.
(2003). Diccionario de redacción y estilo.
Tercera edición. Madrid: Pirámide.
Monlau, P.
(1856). Diccionario etimológico de la
lengua castellana. Madrid.
Oxford
University (2001). Oxford Dictionary of Current English. Third
Edition. Oxford: Oxford University Press.
Real Academia Española
(2001). Diccionario de la Lengua Española (2
Vols.). Madrid: Espasa.
The Free Dictionary. [Diccionario en
línea] Disponible: http://es.thefreedictionary.com/cosa
The
Online Etymology Dictionary. [Diccionario en línea] Disponible:
http://www.etymonline.com/index.php?search=fine&searchmode=none
Artículo escrito en el año 2009.



